DEL PRIMER AL TERCER AÑO DE VIDA

En cuanto a las necesidades nutricionales del niño a partir del primer año de vida, se establecen una serie de recomendaciones, no obstante, éstas, son orientativas ya que varían en función de cada individuo por factores genéticos, actividad física, etc. A continuación, encontramos una tabla con las ingestas de energía recomendadas:

Edad (años) Peso (Kg) Talla (cm) Kcal/Kg Kcal
6 meses - 1 año 9 71 98 945
1-3 años
13 90 102 1300
4-6 años 20 112 90 1800
7-10 años 28 132 70 200

Fuente: Nacional Research Council. Food and Nutricional Board: RDA 1989, DRI 1997 y DRI 1998

Como vemos, la diferencia entre el primer semestre de vida y los 3 años, en cuanto a energía, no es demasiado importante; ésta se hace mucho más evidente a partir de los 6 años. La razón no es tanto por el ritmo de crecimiento, ya que va disminuyendo y entrando paulatinamente en una fase más estable, sino por la mayor actividad física a partir de ese período, existiendo eso sí, una gran variabilidad individual.

Esta energía se obtiene de diferentes tipos de nutrientes: hidratos de carbono, proteínas y grasas.

En la etapa de 1 a 3 años, se producen los cambios más significativos en cuanto a proporciones de cada uno de estos nutrientes, uno de los más importantes, es el porcentaje de grasa que necesita el bebé durante el primer semestre de vida. Durante ese tiempo, necesita aproximadamente un 50% de la energía en forma de grasa, objetivo que se consigue con facilidad gracias a la leche materna o leches de inicio. Pasada esa edad, los porcentajes deben ir evolucionando hacia las proporciones que se aconsejan para el resto de la vida, quedando ya establecidas completamente a los 24 meses. Esas proporciones son 55-60% de energía en forma de hidratos de carbono, 30-35% de grasa y 10-13% en forma de proteína. Es importante destacar que un porcentaje de grasa menor de 30% puede comprometer el crecimiento, la maduración ósea, el aporte de vitaminas liposolubles (A, D,K, E)y algunos minerales tan importantes como el calcio, el hierro o el zinc.

Hidratos de carbono

Los carbohidratos son la principal fuente de energía para nuestro organismo, aportan 4 Kcal por gramo y son como la gasolina que hace funcionar a un coche, y si hablamos de un coche todo terreno, como sería el caso de nuestros hijos, las necesidades energéticas son aun más importantes. De hecho, sabemos que dietas pobres en hidratos de carbono generan compuestos que pueden interferir en el crecimiento normal del niño.

Dentro de los hidratos de carbono cabe la clasificación entre simples y complejos, o lo que es lo mismo, entre los de absorción rápida y los de absorción lenta. En este caso, las proporciones son de cómo máximo un 10% del total los primeros, y el resto, o incluso la totalidad, de los segundos, es decir, de los complejos. Estos son ricos en almidón y requieren una digestión más lenta que va proporcionando la energía de forma gradual, al contrario que los simples, que llegan rápidamente a la sangre dando mucha energía de golpe que muchas veces no es posible gastar y se acabará almacenando en forma de grasa en nuestro organismo. Por ello, es recomendable limitar el consumo de estos últimos, ya que además, aumentan de manera importante la incidencia de caries dental.

Lípidos o grasas

Son los nutrientes más energéticos que tenemos; aportan 9 Kcal por cada gramo y son la principal reserva de energía de nuestro organismo.

Son indispensables para la asimilación de las vitaminas liposolubles (A, D, K, E), forman parte de las membranas celulares y funcionan como sustancias precursoras en infinidad de procesos y reacciones que se producen en nuestro organismo, como formación de hormonas o en procesos antiinflamatorios, entre otros.

Existen diferentes tipos de grasas: grasas saturadas y grasas insaturadas.

Las primeras, son las que llamamos grasas “malas” y que deben representar un 7-8% del total. Provienen fundamentalmente de alimentos de origen animal (embutidos, mantequilla, carnes muy grasas, lácteos enteros, etc.). Mientras que dentro de las insaturadas, o grasas “buenas”, encontramos las monoinsturadas que deben representar entre 15-20% del total y las poliinsaturadas entre 7-8%. Ambas, presentes sobre todo en alimentos de origen vegetal (aceite de oliva o de semillas (girasol, maíz, frutos secos, etc.) y alguno de origen animal (pescado azul). Es importante apostar por la calidad de las grasas más que por la cantidad.

Proteínas

La proteínas son fundamentalmente nutrientes estructurales y plásticos. Sin ellas no sería posible el crecimiento, el mantenimiento de los tejidos, etc. Y su función energética solo se reserva para situaciones en que, por motivos diversos, no haya aportación ni de hidratos de carbono ni de grasas. Un ejemplo claro sería el ayuno prolongado.

En el caso de las proteínas, también es importante valorar la calidad además de la cantidad. Existen una serie de aminoácidos* esenciales que nuestro organismo no es capaz de sintetizar y que solo pueden obtenerse a través de la dieta. Estos se encuentran sobre todo en alimentos de origen animal como el huevo, la carne, el pescado o la leche y sus derivados, y por ello, se recomienda que al menos la mitad de proteínas diarias, provengan de estos alimentos. Por otro lado, existen también proteínas de origen vegetal presentes mayoritariamente en las legumbres, pero estas son deficitarias en este tipo de aminoácidos y por ello decimos que son de bajo valor biológico. En cambio, combinándolas con otros alimentos, como pueden ser los cereales, se complementan a la perfección y podemos obtener una calidad proteínica excelente.

Una vez más no debemos caer en el error de dar un exceso de proteínas, ya que a la larga esto puede comportar problemas como descalcificación ósea, alteraciones en el funcionamiento renal o sobrepeso.

* Unidad básica de las proteínas.

Vitaminas y minerales

Las vitaminas, al igual que los minerales son nutrientes que no aportan energía al organismo, pero son indispensables para el buen funcionamiento del mismo ya que intervienen en los procesos de regulación del metabolismo, transmisión de señales nerviosas, contracción de los músculos, etc.

Diferenciamos entre vitaminas liposolubles (A, D, E, K) y las hidrosolubles (las del grupo B (B1, B2, B3, B6, B9, B12 y C). Mientras que entre los minerales, a pesar de que todos son imprescindibles, existen algunos que destacan durante la infancia como son el calcio, el fósforo, el hierro y el flúor.

En condiciones normales, y llevando una alimentación variada y suficiente, las necesidades de vitaminas quedan cubiertas, lo mismo pasa con los minerales.

Agua

Durante la infancia, el agua constituye más de un 60% del peso corporal, es decir, es el principal constituyente de todo el organismo. Se considera que se necesita un mínimo de 1mL de agua por kilocaloría aportada por la dieta, así por ejemplo, a una dieta de 1700 Kcal le corresponde 1’8L de agua.

Esta cantidad deberá ser aportada a partir de las bebidas y de los alimentos, y una pequeña proporción, se generará como producto de las reacciones de combustión de nutrientes. Es necesario que exista un equilibrio entre las entradas y las salidas de agua del organismo para poder mantener un buen estado de salud.

Hay algunas situaciones en que las pérdidas de agua se ven incrementadas, como por ejemplo, temperaturas altas, ejercicio físico o un cuadro diarreico. En esos casos, será necesario aumentar la ingesta de agua con minerales (bebidas isotónicas) para evitar la deshidratación.

El agua es la bebida más indicada para los niños y por ello debe ser la principal. Si deseas conocer qué hacer si se le olvia beber agua, sólo debes hacer clic aquí

Como conclusión, queremos destacar que el cambio más importante durante esta etapa, es que el crecimiento del niño se enlentece en comparación con la anterior edad, y es por ello, que de forma instintiva, la ingesta es menor ya que los requerimientos nutricionales también lo son.

Se trata de una fase en que el niño empieza a experimentar con su propio cuerpo y hay otros aspectos de su vida a los que le presta más atención que al hecho de comer, y eso no debe angustiarnos. Es normal que el niño sienta rechazo por ciertos alimentos o texturas que para él son desconocidos, por ello, lo más importante es hacer del hecho de alimentarse un acto social y agradable, iniciando la administración del nuevo alimento de forma progresiva, nunca forzada y con mucha paciencia.

A continuación, mostramos un cuadro que resume brevemente la evolución motriz y psicosocial del niño durante el primer y el tercer año de vida y, que puede servirnos como guía para comprender la actitud y los diferentes comportamientos de nuestro hijo ante la comida:

Edad Capacidades físicas Desarrollo personal y social
De 12 a 18 meses -    Coge y suelta la comida con los dedos
-    Sostiene la cuchara aunque la usa mal
-    Vuelve la cuchara que tiene en la boca
-    Usa por sí solo el vaso, pero toma poco líquido
Quiere probar lo que los otros estén comiendo.
Le encanta imitar.
De 18 a 24 meses -    Disminuye el apetito.
-    Le gusta comer con las manos
-    Le gusta experimentar con texturas
Los rituales comienzan a ser importantes.
Desarrolla sus gustos y preferencias.
Se distrae con facilidad.
De 2 a 3 años -    Sostiene un vaso con las manos
-    Se lleva la cuchara a la boca directamente
-    Derrama aun bastante agua
-    Mastica mejor la comida pero todavía se puede atragantar
Define sus preferencias y aversiones.
Insiste en  hacerlo todo solo “yo solo”.
Los rituales son importantes.
Come despacio, se entretiene  y distrae.
Juega con la comida.
Pide comida de formas determinadas y comida entera.
Le gusta ayudar en la cocina.




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